miércoles, 26 de junio de 2013

leviatán y behemot



leviatán y behemot

 No podemos vencer al adversario teniéndolo adentro, eso sería un absoluto engaño, como cuando el canciller argentino la semana pasada reclamaba ante el comité de descolonización de la onu por la soberanía en las Islas Malvinas, a la vez que la presidente daba un espectáculo infernal en una fecha patria ante el monumento a la bandera, poniendo en evidencia la transformación cultural, la dominación total interior que hay, es decir, que somos una colonia y que argentina esta en garras del imperio inglés.

 Tenemos al adversario adentro porque estamos llenos de orgullo-amor propio, estamos mas que preocupados por nosotros mismos y no sabemos, ni queremos hacer otra cosa mas que dedicarnos a cultivar la imagen suponiendo que así seremos adorados, reconocidos, tomados en cuenta.

 No vemos que somos como el adversario, y que por lo tanto estamos dejando en evidencia que estamos llenos de su maldito espíritu, es decir, orgullo, arrogancia y presunción, y por lo tanto, faltos o vacíos de Espíritu de Dios, carentes de Amor, Verdad, Libertad, Paz, Luz, Justicia y Misericordia.

 Tratamos de vencer el orgullo ajeno no viendo que en ese intento estamos llenándonos de orgullo, ahogándonos en amor propio, cayendo en angustia, mido y preocupación, de manera que acaba por formarse un círculo vicioso autoalimentante donde reclamamos adoración vaciándonos, consumiéndonos, lo que nos mueve a reclamar ser saciados, conformados, adorados.

 Debemos considerar que el adversario es orgulloso y lo seguirá siendo, no va a cambiar, nosotros que estamos en el tiempo tenemos oportunidad de cambiar, de remediarlo, de no ser mas orgullosos, pero, si no empezamos a buscar al Señor y a obedecerlo confiadamente a Él, somos y seremos irremediablemente como el adversario para siempre, lo que esta poniendo en evidencia el destino eterno que elegimos.

 El orgullo del adversario es haber triunfado en el mundo, se ha asentado en la cumbre, domina tanto el mundo, como las religiones, y de esta manera ha hecho surgir en la humanidad dos abominables deformaciones, dos ausencias de Dios, una en las naciones, el mundo, y otra en las religiones.

 La abominación de la desolación en el mundo es la bestia que surge del mar, mientras que la abominación de la desolación en las religiones, o sea, la ausencia de Dios en el mismo supuesto culto a Dios, es la bestia que surge de tierra.

 Se trata de dos bestias espirituales como leviatán y behemot. Cada una consiste en la acumulación de vicios, corrupciones, perversiones, abominaciones, etc., que hay en las almas que se hallan de paso por el mundo, tanto en las naciones satánicamente organizadas sin Dios, como en las religiones satánicamente deformadas y sin Dios también.

 No hay acuerdo entre las personas para formar tales abominaciones, bestialidades, deformidades, eso surge solo porque cada alma es bestial, deforme, abominable y corrupta, es por sí misma y sin Dios, mas semejante a satanás que a Dios, porque los vicios brotan y fermentan en el alma como llagas inmundas y purulentas estropeándolas, corrompiéndolas, matándolas y convirtiéndolas en demonios.

 Cada uno elige por sí mismo ser vicioso, corrupto, rebelde, renegado y sin-Dios, como cada uno elige probar vicios, veneno, luego, no podemos quejarnos, hemos querido prescindir de Dios, renegar de Él, oponernos a Su Voluntad y valernos por cuenta propia mientras nos dedicamos a buscar ser adorados en el mundo como si eso sirviera de algo.

 La deformación personal de cada uno, genera un espíritu abominable, corrupto, desolado, vicioso, infernal, que se alza como humo de un basurero, como el olor del excremento en putrefacción, y es el cúmulo de toda esa hediondez personal, lo que llega a formar un espíritu, una nube negra, una bestia amorfa e infernal sobre las cabezas, imperante, reinante, tanto en el mundo como en las religiones.

 Si en las almas hubiese pureza, brotaría un espíritu como perfume de las flores y habría Luz y Vida, estaría El Señor sobre nosotros, debido a que esa pureza haría un cielo en la tierra, donde Él podría estar, y por su Presencia Viva, tendríamos El Reino de Dios en medio de las criaturas.

 El problema es el mismo de siempre, no es que Dios no quiera estar, no le hacemos lugar para que Esté, no lo admitimos, no lo recibimos, entonces, no puede estar y mientras no esté, nos hallamos a oscuras, en tinieblas, corrompiéndonos, deformándonos y autoconsumiéndonos, devorándonos a nosotros mismos hasta reducirnos a polvo y cenizas, y también entre nosotros hasta matarnos como si la faz de la tierra fuese un inmenso manicomio a cielo abierto.

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